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Autora: Beatriz González López-Valcárcel | Catedrática de Economía de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

La salud pública contemporánea puede entenderse a través de tres grandes paradigmas que se complementan y refuerzan mutuamente.

El primero de ellos, Salud en Todas las Políticas (STP), se consolida en Europa a mediados de los años 2000. Su premisa es simple pero poderosa: la salud no depende únicamente de la política sanitaria. Las decisiones en educación, urbanismo, empleo o fiscalidad tienen efectos —positivos o negativos— sobre la salud de la población. Por ello, mejorar la salud exige actuar sobre sus determinantes sociales, integrando el objetivo salud en todas las áreas de gobierno.

En paralelo, han ido ganando protagonismo otros dos enfoques estrechamente vinculados: Salud Global y One Health (Salud Única).

La salud global parte de una evidencia incontestable: vivimos en un mundo interconectado. Los agentes infecciosos, como hemos visto con el SARS-CoV-2 y con el hantavirus, no entienden de fronteras. La movilidad internacional, el comercio y la globalización hacen que los riesgos sanitarios se propaguen con rapidez. Esto obliga a pensar en clave transnacional: cooperación entre países, sistemas de alerta coordinados y, sobre todo, equidad en salud.

Y aquí aparece una idea incómoda pero realista: la equidad no es solo un imperativo moral, también es una estrategia de protección propia de los países ricos. Mientras existan bolsas de vulnerabilidad en cualquier parte del planeta, nadie está completamente a salvo. La vacunación frente a la COVID‑19 lo ilustró con claridad: proteger a los demás era, al mismo tiempo, protegernos a nosotros mismos.

Pero la salud global no se limita a las enfermedades infecciosas. Existen otras formas de “contagio”. Un ejemplo ilustrativo es la política de precios de medicamentos impulsada en Estados Unidos durante la administración Trump, que vincula los precios nacionales a los de otros países desarrollados, acogiéndose al sistema internacional de precios de referencia (1). Este tipo de medidas pone de manifiesto hasta qué punto las decisiones sanitarias, incluso cuando responden a agendas nacionales, tienen consecuencias globales. Como en la metáfora del efecto mariposa, lo que ocurre en un punto del planeta puede tener efectos en otro.

Además, fenómenos como el cambio climático refuerzan esta dimensión global: las emisiones contaminantes, la pérdida de biodiversidad o la degradación ambiental no respetan fronteras. Son externalidades que se difunden y terminan afectando a la salud colectiva. En este sentido, el cambio climático es, en el fondo, uno de los mayores desafíos de salud global de nuestro tiempo.

Aquí es donde el tercer paradigma cobra todo su sentido. El enfoque One Health reconoce que la salud humana, la salud animal y la ambiental forman parte de un mismo sistema. No puede haber personas sanas en un planeta enfermo. Este enfoque sitúa el medioambiente en el centro, como el gran bien público global, y subraya la necesidad de respuestas integradas frente a amenazas complejas como las zoonosis, la resistencia antimicrobiana o la crisis climática.

La economía de la salud está contribuyendo de manera decisiva a esta transformación. Cada vez es más habitual incorporar el impacto ambiental en la evaluación de tecnologías sanitarias, y se está avanzando en estandarizar la metodología (2,3). No solo importa relacionar el coste de un tratamiento con los años de vida ajustados por calidad (AVAC) que aporta, sino también su huella ecológica.

Por ejemplo, al evaluar ciertos medicamentos o gases anestésicos, se empieza a medir no solo el coste incremental por AVAC ganado, sino también las emisiones de CO₂ asociadas. Es decir, cuántos kilogramos de carbono se emiten por cada unidad de beneficio en salud. Además, metodologías como el análisis de decisión multicriterio o el retorno social de la inversión permiten integrar, en un mismo marco, resultados clínicos, económicos y ambientales.

Conviene recordar una idea básica: la responsabilidad bien entendida empieza por uno mismo. En este sentido, el propio sector sanitario genera en torno al 5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, tanto de forma directa (como el uso de gases anestésicos) como indirecta (energía, fabricación y transporte de insumos). En este contexto, aplaudimos iniciativas como el movimiento de hospitales verdes (4), con decenas de miles de centros en todo el mundo que buscan reducir la huella ambiental de la atención sanitaria.

Pero el impacto ambiental de la actividad sanitaria no termina en los hospitales. Los medicamentos llegan a los ríos a través de las aguas residuales, planteando riesgos para los ecosistemas y la salud humana. Frente a ello, se abre paso un principio económico clásico: quien contamina debe pagar. La Unión Europea ha avanzado en esta dirección al exigir la Responsabilidad Ampliada del Productor (5), que obliga a las industrias farmacéutica y de cosmética a financiar al menos el 80% de los costes de depuración de aguas residuales urbanas.

En 2019 se publicó en The Wall Street Journal una declaración de los economistas más prestigiosos de Estados Unidos (6), incluyendo 27 premios Nobel de Economía, reclamando un impuesto sobre las emisiones de CO2, cuya recaudación se distribuyera entre la población a modo de «dividendos del carbono».

En definitiva, los tres paradigmas —Salud en Todas las Políticas, Salud Global y One Health— reflejan una misma evolución: la transición desde una visión centrada exclusivamente en la enfermedad hacia una comprensión integrada, interdependiente y sistémica de la salud.

Y en ese marco, cada decisión —individual, colectiva o institucional— cuenta.

Referencias
1. Para detalles, López-Valcárcel, B. G. (2026). Drug policy in the Trump era: Expected and observed consequences for the United States and Europe. Journal of Healthcare Quality Research, 41(3),1.

2. Williams JTW, Bell KJL, Morton RL, Dieng M. Methods to Include Environmental Impacts in Health Economic Evaluations and Health Technology Assessments: A Scoping Review. Value in Health. 2024;27(6):794-804. doi:10.1016/j.jval.2024.02.019

3. Toolan M, Walpole S, Shah K, Kenny J, Jónsson P, Crabb N, et al. Environmental impact assessment in health technology assessment: principles, approaches, and challenges. International Journal of Technology Assessment in Health Care. 2023;39(1):e13. doi:10.1017/S0266462323000041

4. Global Green and Healthy Hospitals [Internet]. [citado 20 de mayo de 2026]. Disponible en: https://greenhospitals.org/

5. Parlamento Europeo, Consejo de la Unión Europea. Directive (EU) 2024/3019 of the European Parliament and of the Council of 27 November 2024 concerning urban wastewater treatment (recast) (Text with EEA relevance). DOUE-L-2024-81831 [Internet]. 27 de noviembre de 2024. Disponible en: http://data.europa.eu/eli/dir/2024/3019/oj

6. Climate Leadership Council [Internet]. [citado 20 de mayo de 2026]. Disponible en: https://clcouncil.org/